Cuando cayó el gol de Sudáfrica la decepción se enseñoreó en el ánimo de la mayoría de quienes veíamos el partido. Pero cuando el panorama era más negro llegó el gol de la igualada. Ipso facto retornó la calma y el semblante se alegró. Por Alfonso Ramírez.
¿Que por poco nos meten un segundo gol? Muy cierto. Realidad inobjetable. Pero había que arriesgar todo para buscar la victoria. De otra manera no era posible. Cierto que el triunfo hubiera sido lo ideal. Pero el empate no carece de méritos.
¿Qué es más fácil, dejarse llevar por el pesimismo, o seguir luchando contra la corriente? En mi muy particular opinión, y respeto en todo lo que vale la opinión en contra, este empate tiene sabor a triunfo.
Los sudafricanos, en su gran mayoría, tienen un concepto de nacionalidad tan arraigado que de ser un país miserable ahora son una de las 20 economías más poderosas del mundo. El efecto Mandela está grabado a fuego en sus mentes, y eso los hace tan peligrosos y sorpresivos como los coreanos en el anterior Campeonato Mundial.
Los sudafricanos, en su mayoría repito, ya no son los negritos de las películas de Tarzan. De futbol saben tanto como cualquier otro equipo del planeta. No sólo tienen velocidad y fortaleza física, a eso aúnan técnica y auténticos deseos de triunfo.
No conozco mucho de futbol, pero el gol que metió el jugador de Sudáfrica no tiene nada que envidiarle a uno de Maradona, Pelé, Hugo, Messi (¿así se escribe), o cualquier otro divo de este deporte.
¿El gol de Rafa? ¡Ah, ese tiene mucho valor, porque devolvió la esperanza a miles de mexicanos, aun a los que como yo no somos muy seguidores del futbol soccer. De ese tamaño es el empate, en mi opinión.
Claro que tampoco es para echar las campanas al vuelo. Vienen encuentros contra potencias como Francia y Uruguay, pero igual la pelota bota para los dos lados, los que juegan tienen dos pies.
¿Y el deseo de triunfo? Bueno, creo que hoy tuvimos una muestra, un tanto diluida, como entre bruma, pero prefiero pensar que es señal de un orgullo nacional que está por aflorar en los mexicanos.
Prefiero pecar de optimista, que de pesimista.